Apego, dichoso apego.
La cultura europea, en la que he navegado e intento, cada
vez más, ampliar mi visión, nos lleva a unos apegos sobre la materia, me
refiero no sólo a “el tener”, sino también al poseer, de alguna manera a las
personas que “queremos”. Tal vez, cuando
cambiamos al uso de la palabra “amar”, ya no hay tanto apego ni resistencia a
la libertad propia y ajena. Amar sin propiedad, sin condiciones: amor
incondicional. Amar a tu pareja por ser quién es, no distanciarse por el cómo
se comporta, siempre y cuando nosotros mismos sepamos amarnos y poner, para
ello, una actitud de respeto, con lo que se inicia ese boomerang. No estoy
diciendo permitir hasta recibir lesión de cualquier índole. A veces, agarrados
a unos patrones de pensamiento automatizados, no sabemos cambiar ese “chip” y
somos nosotros mismos quienes invitamos a según qué situaciones.
Podemos observar en los animales y ellos lo hacen más fácil.
Nuestra relación con los hijos, esa pseudolibertad en la que
“es mi hijo” conlleva a unas posturas, a veces de posesión, como si no fueran
seres interdependientes, sino dependientes. En cierto aspecto una de las tareas
de los padres, es protegerlos, pero no borrar su propio formato o esencia,
moldearlos, no castrarlos, de manera que los hagamos dependientes de cualquier
forma de expresión.
Una forma de medir nuestra propia libertad, de aquello en lo
que nos damos permiso a realizar, desde nuestro pensamiento, palabra y luego
acción, es reflexionar y utilizar las neuronas espejo de aquello que permitimos
o no permitimos a otros. Y, con otros, me refiero a cualquier ser de nuestro
entorno, con mayor graduación con los que forman parte de nuestro círculo de
influencia. Tanto cercanos como viviendo a kilómetros, pues ya sabemos que cada
vez más, las distancias son virtuales. De ahí que surja la frase “la confianza
da asco”, a veces, al confundir este linde de libertad, pretendemos imponer,
muchas veces inconscientes de lo que estamos proyectando, y perdemos el respeto
ajeno.

Cuando el apego es hacia un ser querido que ya no está en “modo
terrenal”, duele, escuece, hace que nos distorsionemos internamente y que, de
alguna manera, interrumpamos nuestro propósito diario: ser felices y aportar al
mundo nuestra entera felicidad. Nos inunda la tristeza, una tristeza que, si
bien es natural por ese cambio que nos indica una forma nueva de seguir
viviendo, ese salir de nuestra zona conocida y aprender ahora a vivir sin esa
presencia física del ser querido, aún nos aturde. De alguna manera, creemos que
los necesitamos, que sin ellos no será nada igual. Es cierto lo segundo, sin
embargo, en eso consiste el crecimiento y, cuando somos pequeños y no estamos tan viralizados
por condicionamientos, normas y miedos, vemos natural el crecer. Incluso, como
así nos lo presentan y, bastantes lo solemos “comprar”, la información que
recibimos, desde diferentes inputs es que entramos cada vez más en inteligencia
y, por lo tanto, acopio de poder: “ya lo entenderás cuando seas mayor”, “entonces
podrás opinar”,… y esas frases que traducimos a “me verán más”, “aún no me
puedo mostrar como soy”,” voy a ver cómo me lo monto para ser importante hacia
los otros”. Qué lástima, qué manera inconsciente de condicionar y, luego, condicionarnos
nosotros mismos. O bien buscando la aprobación, el reconocimiento, el
equilibrio entre lo justo y lo injusto, el qué dirán, el bailar con las quejas
que vemos anunciar por otros y que ni siquiera estaban en nuestro campo visual.
Nuevamente, todo nos lleva a la mayor razón del Ser, sentirnos amados. Ahora ya
podemos ver la mejor versión de nosotros mismos: ser no es fingir ni
justificar, sino amar sin traspasar el respeto propio y ajeno bajo la libertad
de aceptarnos sin confundir con el libertinaje. Elegir, desde nuestra dignidad,
a cada paso, nuestro comportamiento y actitud ante la vida. Remodelarnos según
nuestros valores e ir cuestionando nuestras creencias limitadoras.
Si nos proponemos escucharnos, desde un diálogo interior
totalmente libre de quejas y críticas, de manera que podamos tocar con nuestra
esencia, nuestro máximo amor, eso es lo que ofreceremos externamente. Los apegos
serán cada vez menos transgresores, más humildes y manejaremos una mayor
capacidad de flexibilidad en la que nuestra experiencia se nutrirá de mucho más
de lo que pudiéramos imaginar. Nada es totalmente tangible, todo pasa por
nuestras reglas internas, todo es interpretado según las normas de nuestra
vida, nuestros modelos mentales: valores y creencias. De ahí que cuando
dialogamos con otras personas, podamos nutrirnos más, observando cómo para
ellos la realidad no es igual a la nuestra. Por lo tanto, aquello que creemos
tan sólido: “tener la razón”, ya no es tan importante ni frustrante. He ahí
nuestra evolución, eso que recibimos y damos amplía nuestra experiencia, muchas
veces, aun así, hemos de “catar” por
nuestra parte, eso que llamamos equivocarnos, tenemos el derecho a probar, a pesar
de las experiencias vividas por otras personas. Otras veces, desde la empatía,
ya tenemos suficiente.
Después de todo, la cultura es la traslación del saber
ofrecido por muchos otros, con los que estamos en mayor o menor medida de
acuerdo.
Retomando los pulmones del apego, ese constructo diario, y
esa libertad última de saber vivir con uno mismo y ofrecer, sin esperar a que
te ofrezcan, ni tampoco imponer, es uno de los caminos más dulces de llegar a
un autoconocimiento placentero. Ya sabemos los valores intrínsecos al ser
humano: el amor y la libertad. Por ellos se han generado milagros y matanzas,
también por el poder. Damos vueltas y vueltas a lo largo de las generaciones
con estos tres motivos por los que continuar sembrando y, de alguna manera, lo
que decimos “luchando” por pertenecer a un mayor o menor grupo. Por ser
visibles, importantes.
El amor lleva a la felicidad, si desatamos las barreras del
amor, respiraremos y exhalaremos felicidad y amor. Esas barreras que aún
sentimos de los seres queridos que ya no están en forma física las podemos
transmutar con una sonrisa interior, de manera que, aunque ya no cohabiten en
un mismo plano, notamos su presencia, entran en nuestros sueños, siguen ahí
vivos en nuestra mente y corazón, son parte de nuestra alma, pero ahora ya sin
los sufrimientos que acompañan a nuestra parte más material, nuestro necesario
ego para poder tener ese acompañante del alma, nuestro cuerpo.
Doy gracias a todos los seres queridos que ya han partido y
han volcado su amor en mis células, que, de la mejor manera que han sabido han
compartido su bondad y templanza, su calor humano, sus vivencias. El resto de momentos menos luminosos desde
ellos mismos y así traducidos por mí, muchas veces sus miedos reflejados en
palabras y actitudes, son diluidos. Esa
pequeña falta de luz, cuando estaban en esta vida es la que, desaparece en su
recuerdo. De tener algo pendiente, siempre estamos a tiempo de hablar alma con
alma, un nuevo diálogo interior y dejar en paz nuestro momento, pues ellos ya
lo están.
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En Humor con
He ojeado un poco tu otro Blog. Como verás ahora estás en la web, más estática. También puedes visitar el Blog: http://splashurl.com/qchnq75 con más movimiento o los otros artículos que voy publicando: http://splashurl.com/nmc4rza Tu presencia será un honor.
Un cariñoso saludo,
Mª Carmen
Saludos