viernes, 17 de enero de 2014

Crecimiento diario

Artículo recuperado de www.tuacierto.com publicado el 01.05.2012

Crecimiento diario

Continuar trabajando en tu crecimiento personal es un reto que alienta la satisfacción diaria de estar presentes en la construcción de nuestra vida. En intervenir para que sea tal como la deseamos.
Stephen Gilligan, hipnoterapeuta Eriksoniano, indica que abandonamos nuestras almas cien veces, no, mil veces cada día. Así, lo que hacemos no es una “cura” sino el comienzo de una tradición: la de mantenerse conectado relacionalmente en cualquier circunstancia.
La relación interna, con nosotros mismos, es lo que nos lleva a poder sentirnos en equilibrio, de una pieza, frente a los muchos momentos en los que nos boicoteamos y remamos en contra de nuestro bienestar. Justamente actuamos y pensamos de esa forma que rechazamos de otros: herencias antiguas que no hemos sanado. Creencias limitantes pendientes de transformar.
Se necesita mucha práctica para continuar alimentando la tradición de un patrocinio propio, de observarnos, conocernos y fortalecernos en nuestras virtudes para, con ello, disolver, hasta que ya no quede rastro, nuestros conflictos internos. Poner el énfasis en todas nuestras fortalezas y brillo, soltar, dejar de anclarnos en aquello que despreciamos y nos duele e incomoda.
Tal vez, en nuestro entrenamiento, requiramos meditar, hablar con algunas personas (sabremos elegirlas), frenar el ausentismo de nosotros mismos y reconstruir una relación auténtica desde nuestra esencia, lejos de temores, rabias, rencores y amenazas hacia nuestra felicidad.
Nos damos cuenta de que nunca podemos dejar de desconectar; de hecho, aprendemos a aceptar que desconectamos de nosotros mismos muchas veces cada día. Son como saltos cuánticos, brincos mentales en los que nos aferramos al piloto automático, hasta que regresamos conscientemente (algo nos “pita”) y reconducimos hacia nuestro bienestar.
Cuántas veces ocupamos nuestro pensamiento, nuestro tiempo que, en esencia, es nuestra vida, en aquello que no nos gusta, en lo que no queremos, en lo que no debería ser, no debiera hacerse… ¿Somos conscientes del mal que nos estamos haciendo? Al principio no, parece que sea normal, habitual, cotidiano. A medida que nos ocupamos responsablemente de nuestro estado anímico (del alma), los tiempos empleados en perdernos van encogiendo. Cada vez tardamos menos en darnos cuenta que no estamos siendo constructivos y retomamos la riendas de nuestro pensamiento, por lo tanto nuestro sentir y actuar.
A medida que aceptamos la realidad de esta situación, podemos fortalecer y suavizar nuestro compromiso de “continuar volviendo siempre” al yo relacional y sus bondades.
Se cuenta que un alumno de Morihei Ueshiba, el fundador del aikido, dijo una vez a su maestro: “Sensei, tú nunca pierdes tu centro”. Ueshiba replicó que él perdía su centro tan a menudo como la persona de al lado, sólo que él retornaba más rápido. Así, a medida que renunciamos a la esperanza de “aferrarnos” a la perfección y estar siempre centrados, nos abrimos a la flexibilidad “como de bambú” del centro móvil al que siempre podemos volver.
La resistencia al cambio no es nada más que el miedo a lo desconocido. Si realmente deseas salir de tu incomodidad, tal vez valores y pases por la báscula del equilibrio si, en verdad, arriesgas tanto en la aventura de probar ese cambio.


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