jueves, 20 de octubre de 2011

Evitando culpas

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Después de ver este vídeo, ¿cómo te queda el cuerpo? ¿Qué tal andas de “culpas” por ahí en un almacén sin andar limpiándolas? Este es un ejemplo, que puedes adaptar a un sinfín de situaciones y de relaciones. Con nuestra pareja, con los padres, hermanos, hijos; en el trabajo, con el vecino. Todos tenemos la misma materia orgánica, todos hablamos emitiendo sonidos, acompañados de unas emociones.
Recuerdo un corto de una película en la que intervenían un amoroso Golden retriever y su cariñoso amigo, un niño de unos 12 años. El protagonista era el canino, por eso el orden en que los presento. Lo que verbalizaba el niño era: “¡vete!”, el perro quedaba inmóvil, le miraba a los ojos y no entendía. La intención del niño no era separarse del perro, sino el protegerlo lejos de su presencia, por condicionamientos del propio guión. Si ambos permanecían juntos la vida del animal peligraba. ¿Qué señales recibía el perro bajo la voz llorosa y el aspecto de sufrimiento del niño? Sin embargo lo que pronunciaba y gesticulaba era que marchara…
Estamos ante una incoherencia de las tantas que presenciamos cada día. Tanto amor por nuestros seres queridos y qué momentos permitimos de desamor, de elevar la voz, de no reconocimiento, de agresividad en cualquiera de sus formas. A mi entender, vale mucho la pena rellenar el pulmón con aire renovado, a ser posible respiración abdominal y, durante esos segundos estar presentes en el momento que estamos viviendo (aquella frase que nos suelen decir: cuenta hasta 5). Ser conscientes de que, si estamos recibiendo una afronta, no es hacia nuestra persona, sino esa emoción que la otra persona lleva y no lo observa, no lo piensa, se deja ir por la emoción negativa que le está machacando. En ese caso, lo más inteligente y satisfactorio es, a modo de ejercicio de Aikido, esquivar esa energía y empatizar con el malestar que la persona que lo emite lleva en sí. Lo mismo nos sucede a nosotros y muchas veces “caemos”. Ya sé, hay situaciones y situaciones, no podemos andar de receptores de los malestares de los otros, pero eso mismo es lo que te propongo, no lo recibas, esquívalo y rellena ese rápido hueco que le queda con tu cariño, con un impulso instantáneo de humor, de amor, de compasión.
¿De qué sirve el lamentarnos al cabo de un tiempo en que la vida nos sitúa en alguna situación inversa en la que podemos entender, por fin, al vernos reflejados?
Cualquier sistema de culpas del que seas consciente, es mucho más valioso para tu bienestar y crecimiento adoptar la forma responsable ¿cómo puedo reparar aquello de lo que me siento culpable? Siempre estamos a tiempo, si el sentimiento es sincero. Habrás oído hablar de “la silla vacía”. Si con quien tienes la necesidad de quedar en paz ya no tiene forma física, éste es un buen método de entre los tantos que hay. Sería fantástico que no te esperases al tiempo, sino observar cada momento que no te sea plácido de tu día a día y pusieras tu mejor intención para ir construyendo la mejor versión de ti mismo.
Me quedo con el impresionante abrazo-beso...qué tierno, cuánto amor reprimido y, por fin, permitido. Es fantástico darse permiso a la ternura, cuanto más la ejerces, más fluida te sale y más la disfrutas. ¡Ojo! es contagioso!!!
Gracias por tu tiempo!

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